por Gisele Lemos
Vivimos en una época de muchos nombres: postmodernidad, “prolongamiento de la modernidad”, según Gilles Lipovetshy, y “modernidad líquida”, según Zygmunt Bauman, en oposición a la “modernidad sólida”.
En la postmodernidad ya no hay un mito fundacional que explique el mundo. Eso se debe a lo que Bauman llamó “derretimiento de los sólidos”, que significa, por definición, la disolución de lo que persiste al tiempo, al pasaje o al flujo, o sea, las tradiciones, las convenciones sociales y los valores.
La disolución del matrimonio, de la familia, de la moral y de la ética, entre muchos otros ejemplos que podríamos mencionar, refleja cuestiones mundiales de nuestro tiempo, sobre las relaciones interpersonales y las relaciones con el entorno bajo el dominio de las ciudades, del flujo de informaciones sin interrupción, del capitalismo devastador y de las tecnologías que proliferan en nuestro cotidiano y, que muchas veces, hasta nos substituyen.
Como el cuento de Ana María Matute, intitulado La rama seca, se desarrolla en una pequeña villa, podríamos pensar que estas cuestiones mencionadas anteriormente no se aplican a la historia. Pero sea porque la explosión espacial borra las fronteras, como dijo Jesús Martín-Barbero, sea porque el campo vive en función de la ciudad, el hecho es que lo urbano ya no corresponde al espacio de la ciudad.
Así que podemos ver en el cuento de Ana María Matute como los relacionamientos interpersonales son de invisibilidad, olvido y vacuidad. Doña Clementina cerrada en un matrimonio infértil, con un médico dado al vino y que renegaba de la aldea todo el tiempo, “estaba ya hecha en su soledad”. La niña menor de la familia Mediavilla ya tenía seis años y quedaba todos los días encerrada en su casa mientras sus padres iban al campo. Pero esta niña había encontrado la felicidad ajena a todo su aislamiento – esta era Pipa.
Doña Clementina, se acerca a la niña después de percibir que ella no parecía triste, aunque estuviera siempre sola. Lo que conecta la mujer a la niña no son sentimientos como amor o ternura, sino una "curiosidad" que puede llevarla a encontrar su propia felicidad. Pipa es apenas una ramita seca y cuando ese objeto que simboliza todo el universo de felicidad de la niña se pierde, llega la desolación total. Ya no hay como huir de una realidad fragmentada que no proporciona seguridad ni consuelo. La muerte de la niña, por motivo tan banal, “era lo mejor para todos”, dicen.
La vida de Doña Clementina pasa a ser colonizada por la vida privada de la niña, o sea, que su vida gira alrededor del intento de experimentar la misma sensación de felicidad que la niña experimentaba con Pipa. Ese deseo coloniza todas sus actividades. No hay una relación de solidariedad o el despertar de un sentimiento de comunidad, de pertenencia, lo que hay es la dominación de un deseo de autorrealización.
Bauman nos muestra que, cuanto más íntimos son los sentimientos privados, más interés se tiene sobre las cuestiones particulares. Así que la única ventaja en tratar cuestiones ajenas es garantizar a cada uno el enfrentamiento diario de los problemas de manera solitaria –y por lo tanto, renovar y promover la agotadora decisión de seguir haciendo siempre lo mismo.
Tal vez el encuentro con esta niña que proyecta su felicidad en un trozo de percal haya sido el momento más significativo de la vida de Doña Clementina, ya que le da la oportunidad de tener, mismo que por poco tiempo, algo que no tiene.
En la primavera siguiente, tras la muerte de la niña, cuando Doña Clementina encuentra la ramita seca, en su jardín, empieza a experimentar la felicidad cambiada en objeto – en realidad, una proyección de lo que el mundo no la proporcionara. La ramita seca pasa a representar el aislamiento de los personajes en el mundo y, al mismo tiempo, su universo.
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